martes, 7 de febrero de 2012

Mundos imposibles.

A veces me gustaría escuchar música bajo el agua. Me gustaría poder resistir largo tiempo, sin el agobio de mis pulmones apretándose contra el pecho, sin el bombeo de la sangre en las sienes y el cuello, sin el sabor del agua clorada o salificada de la piscina ni la inestabilidad del mar. No me importaría tener una visión borrosa con tal de estar unos 2 o 3 minutos seguidos en ingravidez y con un frescor por toda la piel que no te dará una pulmonía a no ser que salgas. Allí, sin que mi corazón y mis entrañas me distraigan, me gustaría oir sólo el viento golpeando la superficie... o música. No tengo pasta para comprar un mp3 sumergible. Ni siquiera sé si hay auriculares sumergibles. Allí me aislaría del todo, sin materias complejas en las que preocuparse, sin pensar en lo que uno está sintiendo y percibiendo. Ser capaz de imaginar que lo que se está viendo es algo totalmente distinto y maravilloso, engañando a la percepción. Justo como si tuviera 7 años, peroen total libertad, con un mundo para mí solo. Lo cual no quiere decir que esté solo en ese mundo. Lo compartiría algunas veces, pero con la seguridad de que ese universo acuático volvería a pertenecerme. La finalidad es para que sirva como refugio contra los pesares y las decepciones, para desarrollar las ilusiones y los sueños. Y allí escucharía música.


Hoy he vuelto a Málaga. Se me ha ocurrido que para solucionar algunos de los rompecabezas mentales que llevo arrastrando desde hace (demasiado) tiempo consiste en pensar en qué le aconsejaría a un colega si le pasara lo mismo. Y he dado con la solución: salir más, estar con los amigos y así olvidarse problemas que no pierden el sueño (ni lo han perdido nunca) rayándose por mi culpa. Pero en una ciudad donde nunca estoy disponible para la poca gente que merece la pena (de las que conozco) por aquí, me parece que me tengo que aguantar hasta que los horarios de todos coincidan. Esto en el mundo acuático nunca pasaría. Cruzaríamos volando una ciudad de rascacielos de azulejos azules y calles de yeso blanco. 

La chica de la foto (autor, Luca Helios) es Lorena G., una modelo cuya sonrisa me tiene enamorado. Esta imagen me gusta mucho. No solo porque me ilustra este texto, sino porque aquí Helios y Lorena van más allá de la mera erotografía (que no tiene nada de simple) y sólo lo están pasando bien haciendo fotos acuáticas, dándole la oportunidad también al fotógrafo de experimentar con la cámara sumergible. Me gusta pensar que seguramente se quedaría con alguna que otra foto para él (probablemente la mejor). Y casi estaría obligado a quedarse esa foto que nunca verá la luz. Hay veces que tienes que prescindir del público, porque como artista, tienes derecho a que lo mejor de tu obra (según tu criterio) sea sólo para ti. Debe ser una foto muy personal (confluyen formalmente su personalidad y el trocito de personalidad de ella que se queda para él). En fin, esto sólo es una conjetura sobre algo que quizá no exista. Lo que quiero decir es que yo, al igual que Helios en este supuesto que acabo de exponer, si tuviera la oportunidad, pues pondría sin lugar a dudas a la dueña de esa sonrisa bajo el agua, nadando infinitamente para mí y para ella misma. Sonriendo.

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