Llego a la estación y aparco. Recorro el camino que tantas veces he pisado y llego a Puerto Escondido. Allí alguna que otra cabeza asoma por la esquina y me reconoce. Otras veces no hay nadie de interés. Saludo al que está más próximo a la puerta y rápidamente dejo mi abrigo y me dirijo a la barra. "Hola, Josemi. ¿Qué tal, cómo estas? ¿Me pones una birrita?".
Salgo a la terraza, donde ya, más tranquilamente después de un sorbito a la cerveza, empiezo a saludar de verdad. Nos sentamos en una mesa. Abro el paquete de tabaco y saco un cigarro con los dientes. Empezamos a discutir sobre gilipolleces. A veces en broma otras en serio. Luego empiezan a llegar más. Algunos merecen la pena, otros se acuerdan de nosotros pero nosotros no de ellos, otros que viceversa, otros y otras con los que no podrías imaginar estar allí sin ellos, y otros a los que tienes que tragar porque el bar es de todos y tampoco hay que montar numeritos, que somos civilizados.
Antonio y Javi se levantan. Yo voy con ellos. Hiro a veces también. Vamos al callejón al hacer nubes de colores. Cuando hemos terminado, volvemos al punto clave, donde hablamos de más trivialidades. Luego aparece quien querías ver y, si es que se queda, no se te ocurre qué decir. O se te ocurre y no lo dices porque lo mismo la conversación puede no acabar de forma cómoda. O quizá sí. Pero no te arriesgas. Luego uno de los dos desaparece y no os volveis a ver en mucho tiempo. Hasta que no vuelves de Málaga en un mes.
Y entre estos rituales, soy un hombre invisible.

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